El frío de las mañanas de otoño solía despertarme con frecuencia.
Para entonces tus brazos volvían a envolverme de esa manera cálida y ofreciéndome seguridad.Segundos más tarde tus labios se deslizaban por mi cuello, regalándome besos, a lo que yo respondía con una sonrisa, y mi cuerpo con un escalofrío interesante.
-Preciosa, tienes clase exactamente dentro de unos...
+¿Media hora?-susurraba yo, notando tu respiración en mi nuca, sobre mi cabello desordenado.
-Treinta y nueve minutos, veinte segundos, listilla.
Me daba la vuelta y entonces me encontraba con los ojos mas alucinantes que había visto alguna vez, o al menos, que podía recordar.Explotábamos en risas, y aunque parecía que el tiempo se detenía, no lo hacía, solo lo parecía, y fingíamos no darnos cuenta, mientras continuábamos plasmando caricias, palabras, sentimientos en un lienzo que ninguno de los dos sabíamos que al final no podría cargar con mas pintura, y se destiñiría.
Fuera de todo aquello, a veintisiete minutos de llegar cinco minutos tarde, he de decir que siempre llegaba a la hora antes de conocerle, me subía los vaqueros, que siempre ofrecían una resistencia que por supuesto no ayudaba a que llegara a la hora.Por primera vez en mi vida una prenda de vestir tenía la misma opinión que yo:
Queríamos quedarnos con él, junto a él,siempre.
Alucinaba con su manera de abrir la ventana de espaldas a mí, con la espalda al aire, a pesar de la densidad del viento helado que flotaba fuera.
La imagen parecía mística, abrumadora incluso.Todo un cielo oscuro y alguna que otra nube gris, al igual que sus ojos, del color del metal, con transparencias incluidas.
Con el torso desnudo, a punto de ponerse la camiseta, me ofrecía mi pañuelo, y yo me lo ponía en el cuello, a modo de bufanda.
Ignoraba con qué cara me despertaba, pero él me hacía sentir como si estuviera preciosa todas y cada una de las veces que estábamos juntos, incluso cuando discutíamos por tonterías.
Desayunaba mientras metía los libros de manera deliberada en mi mochila, que más que de Adidas, parecía más bien una de esas cosas que uno guarda porque sí en su armario, aunque sepa que no le serviría de nada.
Tres minutos.Le besaba en los labios con los labios húmedos y un croissant de chocolate en las manos, a medio comer.
<<A estas alturas, -le dije una vez- quedarme a dormir en tu casa es como estar en la mía, pero sin ningún tipo de encanto, y sin llegar tarde.>>
Y así perdiéndome en cada milímetro, en cada poro y lunar de tu esquemático rostro, me enamoré.
Para entonces tus brazos volvían a envolverme de esa manera cálida y ofreciéndome seguridad.Segundos más tarde tus labios se deslizaban por mi cuello, regalándome besos, a lo que yo respondía con una sonrisa, y mi cuerpo con un escalofrío interesante.
-Preciosa, tienes clase exactamente dentro de unos...
+¿Media hora?-susurraba yo, notando tu respiración en mi nuca, sobre mi cabello desordenado.
-Treinta y nueve minutos, veinte segundos, listilla.
Me daba la vuelta y entonces me encontraba con los ojos mas alucinantes que había visto alguna vez, o al menos, que podía recordar.Explotábamos en risas, y aunque parecía que el tiempo se detenía, no lo hacía, solo lo parecía, y fingíamos no darnos cuenta, mientras continuábamos plasmando caricias, palabras, sentimientos en un lienzo que ninguno de los dos sabíamos que al final no podría cargar con mas pintura, y se destiñiría.
Fuera de todo aquello, a veintisiete minutos de llegar cinco minutos tarde, he de decir que siempre llegaba a la hora antes de conocerle, me subía los vaqueros, que siempre ofrecían una resistencia que por supuesto no ayudaba a que llegara a la hora.Por primera vez en mi vida una prenda de vestir tenía la misma opinión que yo:
Queríamos quedarnos con él, junto a él,
Alucinaba con su manera de abrir la ventana de espaldas a mí, con la espalda al aire, a pesar de la densidad del viento helado que flotaba fuera.
La imagen parecía mística, abrumadora incluso.Todo un cielo oscuro y alguna que otra nube gris, al igual que sus ojos, del color del metal, con transparencias incluidas.
Con el torso desnudo, a punto de ponerse la camiseta, me ofrecía mi pañuelo, y yo me lo ponía en el cuello, a modo de bufanda.
Ignoraba con qué cara me despertaba, pero él me hacía sentir como si estuviera preciosa todas y cada una de las veces que estábamos juntos, incluso cuando discutíamos por tonterías.
Desayunaba mientras metía los libros de manera deliberada en mi mochila, que más que de Adidas, parecía más bien una de esas cosas que uno guarda porque sí en su armario, aunque sepa que no le serviría de nada.
Tres minutos.Le besaba en los labios con los labios húmedos y un croissant de chocolate en las manos, a medio comer.
<<A estas alturas, -le dije una vez- quedarme a dormir en tu casa es como estar en la mía, pero sin ningún tipo de encanto, y sin llegar tarde.>>
Y así perdiéndome en cada milímetro, en cada poro y lunar de tu esquemático rostro, me enamoré.

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