Por aquel entonces ya era otoño. Las hojas de los árboles habían do tiñéndose poco a poco y el olor a humedad había impregnado ya cualquier recodo, resquicio o esquina de la ciudad. Ella caminaba tranquila pensando en quiñen sabe qué, con la mente nublada igual que el cielo que se mostraba gris. Des-enamorada no era la palabra para describir su estado. Más bien, despreocupada, deshecha, cualquier des. Le dolía todo aunque su sonrisa era casi la misma. Lo único que había cambiado es que la estaba fingiendo. Y tenía ganas de llorar sin parar, gritar, subirse por las paredes, dejar que la tormenta se desatase sobre ella y así poder desahogarse a gusto.
-¿Gab? ¿Gabi?
Era increíble que solo hubiera pasado un año y medio desde aquel día. Le había crecido el pelo, se había quitado ese absurdo flequillo, sus pecas habían medio desaparecido. Pero las heridas que había intentado curar como un pequeño gatito no habían cicatrizado, eran frescas como el primer día. Y él solo era capaz de hablar sobre cosas tan triviales como la universidad, o su coche nuevo, o aquel señor que le reconoció por la calle.
-¿Yo? Perfectamente, si, yo también he entrado, estudio la carrera que quiero.
Un ‘te echo de menos’ quedó por decir en una boca llena de palabras que no tenían ningún sentido, y Gabriela intentó huir por todos los medios alargando distancias.
Le odiaba porque seguía siendo dulce y sincero, tierno como el primer día. Si él quisiera podría manejarla como quisiese, convencerla de que podían volar, hacerla llorar en menos que canta un gallo.
Pero sólo y únicamente para romper sus esquemas, o eso creía ella, sonrió dándole un abrazo que cambiaba completamente su destino.
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